6 de marzo, 2019

Por Samuel Gregg

[Nota de Editor: Este artículo fue publicado en inglés bajo el título de “Putting Adam Smith Back Together” en Public Discourse, una publicación de The Witherspoon Institute y traducido con autorización por Carroll Rios de Rodríguez.]

Las elecciones que subyacen a las transacciones de mercado son más complicadas y menos angostamente introspectivas de lo que solemos suponer. Al retornar al cuerpo completo de los escritos por Adam Smith, podemos escapar las concepciones economicistas del ser humano y mejorar nuestra comprensión de cómo realmente funcionan las economías de mercado.

Cada cierto tiempo, una sociedad en particular experimenta un momento de florecimiento intelectual cuyas implicaciones trascienden el tiempo y el lugar inmediatos dentro del cual ocurre. Uno de estos movimientos de ideas, cuyos efectos todavía se siguen sintiendo hoy, fue la Ilustración Escocesa.

En el siglo XVIII, Escocia era un traspatio pobre y por ende un entorno poco probable para el renacimiento del pensamiento que daría forma a Occidente para siempre. Sin embargo, muchos académicos asociados a la Ilustración Escocesa tuvieron un indeleble impacto sobre la modernidad, así fuera la realista filosofía del sentido común de Thomas Reid, o la jurisprudencia de Lord Kames, o la historiografía de William Robertson, u otro. Ninguna figura de la Ilustración Escocesa resaltó más que el filósofo y fundador de la economía moderna, Adam Smith. Su obra, La riqueza de las naciones (1776), es seguramente uno de los libros más importantes jamás escritos. También es uno de los más controversiales.

En el siglo XIX, por ejemplo, las ideas expresadas en La riqueza de las naciones motivaron a gobiernos europeos, desde Gran Bretaña hasta Prusia, a resquebrajar el control que ejercían los gremios sobre importantes sectores de la vida económica. Como resultado, aumentó el crecimiento económico y además se produjeron cambios dramáticos en el estatus quo. Esto provocó el resentimiento entre muchos que veían tales políticas como ataques a la solidaridad. Hoy, no es necesario ir muy lejos para encontrar a quienes ven La riqueza de las naciones como un precursor de la mentalidad según la cual “la avaricia es buena”, famosamente descrita en películas como Wall Street, dirigida por Oliver Stone (1987).

Parte del genio de La riqueza de las naciones es la forma en que demuestra cómo la libre competencia y la búsqueda individual del interés propio producen, como efectos secundarios no intencionados, la mejora de los estándares de vida y la acelerada reducción de la pobreza. No obstante, algunos aducen, el auge de las relaciones de mercado y de la sociedad comercial estimulada por La riqueza de las naciones ha contribuido a la degradación de otros tipos de interacción humana, e incluso a la alienación generalizada. Esta crítica ha sido articulada por grupos tan diferentes como los marxistas y algunos tradicionalistas católicos.

Posiblemente sea verdad que las sociedades occidentales están ahora más fragmentadas socialmente de lo que estuvieron, digamos, hace cuarenta años. ¿Pero es justo atribuir una responsabilidad relevante por esta situación actual al pensamiento de Adam Smith?

No es un cuento simple

Una forma de responder a esta pregunta es considerando el otro texto por Smith, el menos conocido y muy revisado libro titulado La teoría de los sentimientos morales (1759). Esta obra encarna una comprensión decididamente no-económica de la naturaleza humana. Quizás podría describirse adecuadamente como una exploración de la psicología moral, pues en su primer libro Smith explora cómo desarrollamos las empatías morales y la sensibilidad que nos invita a ver más allá de lo que parece ser nuestro interés propio inmediato.

Durante varias décadas, muchos se preguntaron sobre la aparente disparidad entre los dos libros escritos por Smith. Profesores alemanes de finales del siglo XIX hasta le dieron un nombre—El problema de Adam Smith—para expresar su perplejidad ante lo ellos percibían como dos lógicas contradictorias descriptivas de la acción humana. Las aparentes inconsistencias en el pensamiento de Smith, sin embargo, empiezan a disolverse una vez comprendemos que las exploraciones de Smith del comportamiento humano, ya sea moral o económico, reflejan el tipo de ciencia social que acostumbraba practicarse durante la Ilustración Escocesa.

Mientras las ciencias sociales escocesas manifestaron la creciente especialización en la exploración intelectual que caracterizó a la ilustración del siglo XVIII, también sostuvieron que asuntos como la vida económica estaban totalmente integrados a órdenes sociales, políticos y culturales interconectados y mutuamente reforzados. Como observa Ryan Patrick Hanley respecto de los escoceses, en su ciencia social, es ininteligible la distinción entre lo descriptivo y lo normativo; el estudio empírico de la experiencia, la síntesis que lleva de la data empírica a los axiomas, y el análisis de cómo las actividades guiadas por tales axiomas afectan a la vida humana, son elementos igualmente cruciales de un único esfuerzo para promover el bienestar individual y colectivo.  

Desde esta perspectiva, los libros de Smith, La teoría de los sentimientos morales y La riqueza de las naciones, deben ser comprendidos como la presentación de una integral exploración de la sociedad humana que busca explicar el comportamiento de las personas en distintos ámbitos sociales. Tomados juntos, estos dos textos muestran que las personas constantemente operan en universos diferentes pero paralelos que permanecen menos aislados los unos de los otros de lo que solemos reconocer.

Conociendo a Adam Smith

En su libro nuevo, Humanomics: Los sentimientos morales y la riqueza de las naciones para el siglo XXI (2019), el  ganador del premio Nobel de economía en el 2002, Vernon L. Smith, y el economista Bart J. Wilson, describen los dos mundos que explora Adam Smith como “el social personal y el económico impersonal”. Ellos conducen su propia exploración de la relación entre estas esferas en la vida al combinar estudio cuidadoso del cuerpo completo de los escritos de Adam Smith, con discernimientos derivados de la investigación moderna y empírica.

En un nivel, los autores usan La teoría de los sentimientos morales de Smith para ilustrar por que la economía neoclásica, con su incesante énfasis en la maximización de utilidad, no puede dar cuenta de lo mucho que las personas cooperan unas con otras en la vida real. Partiendo de las exploraciones de Smith sobre la sociabilidad humana, ellos demuestran cómo nuestra adquisición gradual de sensibilidades tales como la benevolencia, los sentimientos de camaradería, y el deseo de la aprobación de los demás nos ayudan a dimensionar cómo nuestras elecciones pueden beneficiar o dañar a otros. Esto a la vez nos induce a modificar nuestras acciones, incluyendo en el mercado.

Al mismo tiempo, los autores sostienen que algunos de los descubrimientos de la economía experimental (ciencia de la cual ellos son unos de los más prominentes expositores en el mundo) valida muchas de las explicaciones del comportamiento humano aportadas por Adam Smith. La economía experimental, afirman, subraya cómo el modelo básico del interés propio predice con gran acierto los resultados en los mercados. Pero los autores también observan cómo la aplicación del modelo de la acción guiada por la maximización de utilidad “fracasó decididamente en predecir resultados sistemáticamente replicables” en lo que se conocen como “juegos de confianza”.

Los juegos de confianza son experimentos de elección que buscan analizar cómo funciona la confianza en las decisiones económicas. Smith y Barton sostienen que los hábitos y las virtudes identificadas y analizadas en La teoría de los sentimientos morales ayudan a explicar los fracasos del modelo neoclásico en estos experimentos. Varias sensibilidades humanas, aparentemente, sustancialmente modifican la influencia de una cruda maximización de utilidad en muchos contextos, incluyendo los contextos que abarcan un componente económico fuerte.

Repensando la economía y los mercados

Si Smith y Barton tienen razón, entonces reflexionar nuevamente sobre el trabajo de Adam Smith nos puede brindar oportunidades tanto para reconceptualizar la ciencia social que es la economía, como para mejorar nuestra comprensión de cómo se comportan las personas en el mercado.

Tome, por ejemplo, la idea del libre intercambio. En La riqueza de las naciones, el intercambio se presenta como un reflejo de la tendencia de los seres humanos a “hacer trueque, negociar e intercambiar una cosa por otra.” Durante años, los economistas mainstream (sucesores de la corriente neoclásica) han considerado esta frase como la forma en que Smith identifica que los seres humanos necesitan a los demás para sobrevivir materialmente, y más allá de eso, prosperar.

Un examen textual más profundo de los escritos de Smith, sin embargo, indica que él tiene algo más expansivo en mente cuando se refiere a intercambio. Cuando él afirma, en La riqueza de las naciones, que el sello subyacente a cualquier oferta para intercambiar es “dame lo que yo quiero, y tu tendrás aquello que tú quieres”, Smith tiene una concepción particular de la entrega en mente. Vernon Smith y Barton lo describen de esta forma: “Todas estas transacciones son un intercambio de regalos en el sentido de la benevolencia, puesto que todos tienen que dar para poder recibir.”  Se concede que esto no es lo mismo que la donación propia que caracteriza las relaciones entre, digamos, una pareja de casados. Sin embargo, la donación descrita por Adam Smith se distingue claramente del acto de tomar.

El “dar” requiere algún grado de contemplación del otro, expresada por lo menos como una percepción de lo que el otro necesita y quiere. Esa consciencia requiere tener la voluntad de entrar en el mundo de otra persona, de ponerse en su lugar, aún si es temporalmente, por un breve instante. En La teoría de los sentimientos morales, Smith dedica muchas páginas a describir cómo ocurre esto. “Tomar”, en contraste, no exige ninguna reflexión sustantiva de lo que el otro desea, ni de sus ambiciones, ni de las condiciones en las que la otra persona se encuentra. Aún si es un “tomar” que se ejercita en doble vía, el tomar denota el desinterés en la condición y el bienestar del otro. Cuando consideramos la pregunta de esta manera, empezamos a ver que, como Smith y Barton enuncian, el “intercambio en los mercados de bienes y servicios” que describe La riqueza de las naciones es una extensión de la sociabilidad humana que identifica y analiza La teoría de los sentimientos morales. Este discernimiento indica que las elecciones que están detrás de las transacciones de mercado son más complicadas y menos introspectivas que muchos suelen suponer. También sugiere que, cuando tomamos en serio a Adam Smith, él nos muestra que uno no puede construir la economía como un sistema empírico de pensamiento que ignora tanto los efectos de la simpatía humana como las preocupaciones por la justicia que nacen de tal simpatía. La anterior noción de la exploración económica incluso entrampa la investigación de los fenómenos económicos.

En resumen, una comprensión de los seres humanos que trasciende las concepciones estrictamente economicistas de la elección y la acción humana resulta ser iluminadora de nuestro entendimiento de la vida económica. Esta conclusión debería retar a los defensores y a los críticos de las economías de mercado para que vuelvan a pensar sobre cómo conciben las ciencias económicas y sociales, y al mismo mercado libre. En este sentido, Adam Smith puede no tener todas las respuestas, pero ciertamente nos orienta en la dirección correcta.

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