Por Moris A. Polanco | mpolanco@feylibertad.org

Publicado originalmente en La Hora

Un amigo me decía que un liberal no puede ser católico, porque los liberales no admiten más autoridad que su conciencia, mientras que los católicos obedecen ciegamente al Papa. A este amigo le molesta particularmente la oposición de la Iglesia a los anticonceptivos. Él quisiera que las cosas cambiaran. “¿Por qué?”, le pregunté. “¿A ti qué más te da, si no eres católico?”. Su respuesta fue que no le parece correcto asustar o amenazar a las mujeres con que se van a ir al infierno si usan la píldora. Luego nos despedimos, y yo me quedé pensando: ¿por qué tanta oposición en este punto concreto? Y no se trata de una oposición racional, sino emotiva. La gente llega, incluso, a ponerse violenta. Pueden perderse amistades por causa de este tema, así que hay que irse con mucho tiento.

Al primer argumento de mi amigo, sobre que un liberal no puede ser católico, le respondería que todo depende de cómo se entienda la libertad. Si por libertad se entiende autonomía absoluta, de manera que la propia conciencia sea la medida de la verdad, desde luego que un liberal no podría ser católico. Un católico entiende que debe buscar la verdad en libertad, pero también tiene claro que su conciencia no es norma absoluta de moralidad ni de la verdad. La moral no puede fabricarse a conveniencia: debo siempre sujetarme a una norma externa, que yo busco que sea verdadera: es decir, que corresponda al bien auténtico del hombre. Obedecer en materia moral no es signo de debilidad o de falta de libertad. Desde luego, no puedo ir en contra de lo que me dicta mi conciencia, pero mi conciencia muchas veces me dice que es mejor obedecer a la autoridad (que puede ser mi padre, un amigo, el papa o la tradición secular de la Iglesia) que seguir mi propio capricho. Seguir mis caprichos no me hace más libre; además, habría que analizar la fuente de esos caprichos… ¿no será simplemente una gana de llevar la contraria al padre, como dirían los psicoanalistas?

Ahora bien, si por libertad entiendo la libertad de las conciencias (no libertad de la conciencia, que implica que uno puede ir en contra de lo que le dicta su conciencia), entonces un liberal sí puede ser católico, porque la Iglesia católica defiende el derecho que todo hombre tiene de profesar la religión que quiera. El liberalismo clásico también se ha caracterizado por separar los ámbitos de acción de la Iglesia y el Estado. La Iglesia católica propugna lo mismo, pero recuerda (sobre todo a los laicistas, que quisieran un estado oficialmente ateo), que la religión es necesaria para el sostenimiento del mismo Estado, pues, como dice Benedicto XVI, “una moral que no conoce a Dios se fragmenta”, y con morales fragmentadas difícilmente pueden sobrevivir las instituciones civiles.

En cuanto al supuesto “terrorismo psicológico” que la Iglesia ejercería sobre las mujeres, amenazándolas con que se van a ir al infierno si usan anticonceptivos, mi respuesta sería la siguiente. Antes que nada, creo que está claro que la inmoralidad de los anticonceptivos no tiene que ver solo con las mujeres. Muchas veces, son los hombres los que las fuerzan a usarlos. Habría que ver quiénes son los verdaderos culpables, …y los verdaderos miedosos. Pero el fondo del asunto es éste: ¿qué es lo que están buscando estos “medio católicos”: hacer lo correcto o tener la conciencia tranquila? Lo llamativo es que estén buscando que la Iglesia cambie su punto de vista; esto quiere decir que les importa mucho el juicio de la Iglesia, lo cual implica que confían en su criterio y en su juicio. Que piensen bien lo que buscan: si basándose en presión lograran su objetivo y —en un caso de ciencia ficción— lograran que la Iglesia “aprobara” el uso de anticonceptivos, ¿cómo quedaría la autoridad eclesiástica? ¿Podrían seguir confiando en ella, sabiendo que se plegó a sus intereses? La tranquilidad de conciencia se adquiere haciendo lo correcto, aunque nos cueste, no torciendo la ley para que coincida con nuestros gustos, intereses, pasiones o caprichos. Eso fue lo que hizo Enrique VIII: cuando el Papa no le aprobó su divorcio (no podía hacerlo), creó su propia iglesia que, por supuesto, le dio vía libre para despreciar a Catalina y así poderse casar con Ana Bolena. Sabemos cómo acabó la historia: a Ana le mandó cortar la cabeza, para poder casarse con otra, y luego con otra… Moraleja: sería catastrófico para la humanidad perder la autoridad moral de la Iglesia, que no deriva del parecer de unos simples hombres (aunque sean todos unos Ratzingers), sino de su fidelidad a Cristo.

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