Por Carroll Rios de Rodríguez | crios@feylibertad.org

Originalmente publicado en Contrapoder

Las escenas que se filtran de Venezuela y Nicaragua provocan dolor y temor, pero también admiración por la gente que se planta al sangriento socialismo.

Las personas claman justicia inclinadas sobre el pequeño féretro del bebé de catorce meses, Leonardo, asesinado por policías del régimen de Ortega, en Masaya, Nicaragua, el pasado sábado 23 de junio. Es una imagen emblemática de la salvaje represión oficial. Opina Gonzalo Carrión del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos que al gobierno de Ortega “no le importa sacrificar la vida de cualquier persona”. Los valerosos obispos de Nicaragua, como Silvio Báez, Jorge Solórzano y Abelardo Matta, exigen al régimen detener la represión. “No más personas muertas por antimotines ni paramilitares”, pide Monseñor Báez. ¡En dos meses van 285 víctimas! Descaradamente, como si viviera una realidad paralela, la esposa de Daniel Ortega, Rosario Murillo, declara que la represión es “obra de la fe de Dios”. ¿En qué cabeza cabe que Dios quiere que nicaragüenses maten nicaragüenses, para mantener control del poder político y económico?

En Venezuela ocurre algo similar. Los 122 días que duraron las protestas en las calles de Venezuela, del 1 de abril al 31 de julio del 2017, significaron alrededor de 158 muertes. El Foro Penal advierte que en el transcurso de este año aumentan los políticos apresados, y que la represión se torna cada vez más militarizada y dura. Los periódicos anunciaban que la pobreza ahora es “casi absoluta”, alrededor de 84%. Y Nicolás Maduro, como doña Rosario, niega plácidamente que su país atraviesa una crisis humanitaria de escandalosas dimensiones.

Más claro no canta un gallo: la planificación central económica mata. En el plano político, la revolución silencia, golpea y atropella. Cuesta creer que personas insistan en querer implantar este tipo de políticas en México, El Salvador, Guatemala y otros países. ¿Cómo es posible que la Academia de Formación Sociopolítica Hugo Chávez Frías, enseñe a guatemaltecos a cantarle himnos al Che, a llorar la muerte de Fidel, y a admirar la revolución chavista? ¿Cómo es posible que un Gustavo Petro, ex guerrillero y candidato presidencial de Colombia, consiga tantos votos en las elecciones recién pasadas? ¿Y que Andrés Manuel López Obrador lidere las encuestas para la elección presidencial en México?

¿Quién tiene una visión de pájaro de la región? ¿Quién está sonando la voz de alarma para los países que debemos entender la lección de Nicaragua y Venezuela?  Además de los obispos de esos dos países, la columnista de The Wall Street Journal, Mary O’Grady parece librar una batalla casi solitaria en Estados Unidos pues comunica a sus compatriotas las amenazas que se ciernen sobre América Latina.

Desde hace años, O’Grady narra cómo los dictadores Ortega y Maduro trabajan para beneficio mutuo: “como presiente durante los últimos cinco años, el Sr. Ortega ha usado su cargo y alianza con el dictador de Venezuela, Hugo Chávez, para avanzar sus intereses y los de su partido.” Además de señalar las debilidades en el liderazgo socialista latinoamericano, Mary apunta el dedo a su natal Estados Unidos. ¿Porqué algunos estadounidenses se empeñan en recetar el socialismo a los países al sur? ¿No miden los efectos nocivos que experimentará Estados Unidos?

Por ejemplo, la crisis de los niños inmigrantes que hoy preocupa a los estadounidenses tiene causas que los políticos demócratas y republicanos no atienden.  “Centroamérica es significativamente más peligrosa ahora de lo que era antes de convertirse en un imán para los capos ricos y poderosos de la droga…”, explica. La alianza del narcotráfico con la izquierda complica más el panorama.

Los guatemaltecos tenemos que resistir el fácil pero fatídico concepto de tomar de unos para dar a otros, si hemos de proteger nuestra dignidad y libertad.


Foto: El Espectador

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