Por Carmen Camey | carmencameym@gmail.com

En medio de la crisis que está pasando hoy la Iglesia católica, en medio de tanto sufrimiento de las víctimas y de dolor por mi Iglesia, podría plantearme si no es este el momento de dejarla. Abandonar el barco antes de que se hunda. Antes de que salgan a la luz otros abusos, otros escándalos, otras coberturas de crímenes. Puedo dejarme llevar por la sensación de que la iglesia me “ha fallado”, puedo creer que la Iglesia está llena de pecadores e hipócritas. Y de pronto me doy cuenta de que es así: la Iglesia está llena de pecadores e hipócritas, yo soy una de ellos. Y cada día digo que es la última vez que hago tal y cual cosa, y luego me ganan las ganas y vuelvo a caer.

Los pecados de los hombres, los errores humanos dentro de la Iglesia, son lo que propiamente debería apartarnos de ella. Pero, si vemos hacia atrás y contemplamos los errores de los hombres en los últimos 2,000 años, graves como los más graves de sus épocas, no podemos evitar sorprendernos ante el hecho de que la Iglesia siga viva. Los imperios han sucumbido, las civilizaciones han caído, pero la Iglesia sigue ahí, sin tambalearse demasiado. Vemos que, si la Iglesia sigue en pie a pesar de los hombres que la han dirigido, debe ser porque no es cosa de los hombres. Conociendo los horrores que han habido dentro de ella, las crisis, los cismas, las reformas, y que todavía siga existiendo, no puedo más que concluir que Dios debe estar de su lado.

No sé si este argumento es suficiente, pero sé que ver las cosas con un poco de amplitud histórica nunca está de más. En palabras de Chesterton refiriéndose a su buen amigo y archienemigo de plumas, Bernard Shaw: “Si Bernard Shaw hubiera vivido los trescientos años últimos, hace tiempo que se hubiera convertido al catolicismo. Hubiera comprendido cómo el mundo se mueve en un círculo y lo poco que se puede fiar en su pretendido progreso. Hubiera visto después cómo la Iglesia ha sido sacrificada a una superstición bíblica y la Biblia a la superstición darwinista-anarquista, y hubiera sido el primero en luchar contra esto. Sea de ello lo que fuere, él desearía para cada hombre una experiencia de trescientos años”.

Cuando las cosas se ponen difíciles es fácil abandonar el barco y pensar en salvar el propio pellejo. Pero la Iglesia católica ha demostrado hace tiempo que no es fácil hundir este barco y que ella no es un invento de su época. Siendo tan vieja conserva las crisis como si estuviera en su primera juventud, sus crisis de identidad adolescente,  y se renueva cada vez que lo necesita, y lo necesita constantemente.   “Hasta sus enemigos, en lo más profundo de su alma, han renunciado a la esperanza de verla morir un día”, decía, otra vez, Chesterton. Por eso, más que en abandonarla, los católicos debemos pensar en luchar la batalla de nuestra vida. Quizás hemos nacido en esta época concreta porque esta es la batalla que nos toca pelear. Y ganar.

Tal vez esto sea una llamada de atención, un recordatorio de que la Iglesia no es de los sacerdotes ni de la jerarquía, es de Dios y de cada uno de los bautizados. Es el momento de tomarnos en serio nuestro papel de católicos y ver de qué manera podemos colaborar en los colegios, universidades, fundaciones, hospitales, clínicas, orfanatos y asilos de la iglesia, de modo que no solo nos asustemos con los escándalos sino que seamos parte de las soluciones. Denunciar y hacer justicia es necesario, pero reparar y animar la vida de la Iglesia también lo es. La responsabilidad no es de los sacerdotes ni del papa Francisco, es de todos los católicos. Criticar y  desacreditar al papa no nos acerca al objetivo, solo descoordina al ejército y retrasa la victoria. Esta es la batalla de nuestra vida. Ojalá sepamos estar a la altura de lo que nos jugamos.

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